Fiesta y peste en Barranquilla: “El carnaval en los tiempos del cólera” (Crónica)

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Por: MOISES PINEDA SALAZAR-. Colaborador- Son las cuatro de la tarde de este soleado martes 19 del mes de Febrero de 1890 y las dos torres desiguales de la Iglesia de San Nicolás se proyectan sobre el suelo de la plaza en cuyo centro una pileta de bronce, recién traída del extranjero- de la fábrica de Fiske- con sus figuras de pelícanos, peces y cupidos, está colocada en el medio de una alberca de mampostería que la asemeja más a un abrevadero de bestias que al eje de un parque francés que solo existe en la cabeza del Gobernador Goenaga. Pero bueno, así son las cosas en Barranquilla, más imaginadas que reales, aunque real y no simulada es la presión que ha empezado a ejercer Don Domingo González Rubio para que le entregue a tiempo los remitidos que publicará en sucesivas entregas de su semanario “El Promotor”, dejando constancia de los sucesos de este extraño, sombrío y luctuoso carnaval.

Mire usted lo que escribió en su informe el alcalde de Barranquilla al Concejo Municipal y que se publicó el 1º de este mes en el que, luego de reconocer que en durante escasos seis meses las epidemias se habían llevado de la escena de la vida como a ochocientos niños, a renglón seguido afirma que el desarrollo que se observa en la ciudad, tanto en su aspecto físico como moral, “llama cada día la atención pública”. Dice nuestro alcalde de este año Gabriel Martínez Aparicio: “Las casas de techos pajizos se derrumban constantemente para ser reemplazadas con elegantes edificios de mampostería; el Teatro en construcción sigue progresando con sus fachadas moriscas; el movimiento Aduanero, el del ferrocarril y el de la numerosa flota de vapores que nos ponen en comunicación con el interior de la República, agitan vivamente el comercio local; los hermosos astilleros de buques, las fábricas de jabón, velas esteáricas, fideos, tallarines, suelas, calzado, hielo, licores y tantas otras cosas que sería dispendioso enumerar, son resultado lógico de ese movimiento de campos que se talan cada día para ser transformados en valiosos establecimientos; el telégrafo y el teléfono nos ofrecen fácil comunicación; el acueducto se ramifica por toda la población; en fin, todo este halago material, equilibrado por los notables colegios particulares que instruyen a la juventud, hacen justicia a las premisas de este capítulo” Y bastante ruidaje el que han hecho porque hace 8 días, la máquina de vapor Nº 6, traída desde Puerto Colombia rodó por los tendidos de los rieles de la Tranvía de Barranquilla, de tal manera que el camino de hierro se estrenó con máquina de fuego y conduciendo carros con cincuenta fardos cada uno de ellos. Para tranquilizar a los vecinos que residen en casa con techumbre pajiza, ha sido necesario aclarar que la locomotiva, emplea carbón de piedra sin que se tenga el menor cuidado, pues es sabido que al haber chispas estas se convierten en ceniza tan luego salgan al aire por lo que no hay riesgo de incendios. Ya está anunciado que para el próximo martes 26 en el vapor AILSA, visitando Puerto Colombia, llegarán dos carros elegantes para pasajeros de primera clase con destino a este moderno servicio. Pero, al lado de todas estas muestras de progreso, también allí estaban- aunque él no lo dijera- ochocientos nuevos angelitos y a mis pies esta plaza polvorienta en cuyo costado meridional se ha enterrado de punta una vara de caña brava, con el alma llena de hormigas, que se eleva del suelo unos 8 pies, a la que amarran a quienes no han pagado el pasaporte del caso para andar por estas calles de Dios sin disfraz, ni tiznados.  La “varasanta” la llaman. “Santa la madre, diablas las hijas”.  Hacia el extremo suroriental, teniendo cuidado de no obstaculizar el paso de los carros del tranvía, donde se levanta la casa de Don Esteban Márquez, han construido para estos tres días una especie de cercado cuadrangular con techumbre rustica de palmas, adornado con festones y guirnaldas, como el que arma en el patio de su casa Don Abraham Juliao para las fiestas de La Sukot.

 Pero este mucho más grande y donde la plebe celebra sus bailes. Sus bailes en el carnaval. Porque aquí, pase lo que pase- salvo la guerra-, siempre hay carnaval. Todos los pueblos tienen una época especial de fiestas en la que todo es regocijo y contento. Los americanos del Norte, el 4 de Julio; los franceses el 14 de Julio; los cartageneros el 11 de noviembre y los barranquilleros tenemos el carnaval, con la diferencia de que aquellas son fiestas patrióticas en las que entra por mucho en el entusiasmo de la gente el recuerdo de homéricas hazañas y el deseo de venerar la memoria de los próceres. Cómo y cuándo nació aquí el carnaval es cosa que no hemos podido averiguar. De seguro que es de importación Samaria, porque son contadas las ciudades y los pueblos de la república donde se festejan las carnestolendas. En Medellín y en Cartagena no hay carnavales. Mientras en Bogotá los hay en agosto desde los tiempos de la colonia, en Santa Marta siempre han sido muy ruidosos, aún en épocas de decadencia. Sea ello lo que fuere, el carnaval de Barranquilla se explica perfectamente: “compuesta la población de masas heterogéneas de diferentes procedencias, no hay fiesta que pueda prestarse como ésta a hacerse general; y se explica además porque siendo este un pueblo laborioso que vive de ordinario entregado a rudas faenas, necesita de una época de esparcimiento para tomar nuevos bríos y volver a la brega”.  La temporada de carnestolendas.

Yo debía estar por los 20 años de edad cuando tomé la decisión de escribir por primera vez sobre el susurro, la bullita de las carnestolendas y los preparativos que los jóvenes de la clase de primera hacían desde los inicios del mes de enero, para divertirse organizando las comparsas y los bailes que se dan en las casas de los principales, en los salones de la clase segunda, en la plaza municipal para los de la clase de tercera y sabrá Dios dónde este año, para los de la cuarta. Los antedichos runrunes solo vinieron a tener una fecha de iniciación fija el 20 de enero, día de San Sebastián, a partir de 1888 cuando los barranquilleros empezaban a divertirse en esta ciudad con los disfraces todas las noches y los domingos. Desde ese día comenzaba la locura y fue en ese mismo año cuando se dio la costumbre de emitir bandos o telegramas, muchos de ellos jocosos sin faltar los que aún hoy, pasan de los límites de las chanzas ocasionando disgustos entre los afectados porque, está visto que cada quien habla de la fiesta según como le haya ido en ella. Lo digo porque los que entonces se sintieron víctimas de las proclamas que salían de la pluma afilada del Presidente ilegitimo del carnaval, Benavides Zárate- apodado “Zapote”– quien con su espurio vicepresidente – el intrépido Enrique Pinedo- les hacía la guerra, fueron el Presidente legítimo Heriberto Vengoechea- de la Clase de los de Primera-, en compañía de su Vicepresidente el no menos decidido campeón del verso Darío Bermúdez, de la Clase de los de Segunda. Seis años antes, ellos dos le habían dedicado una lluvia de versos torcidos a su Majestad Don José 1º, Rey del Carnaval de aquel entonces y miembro de la Sociedad de Temperancia. 

Les dan ahora una cucharada de su propia medicina. Nunca pensaron Vengoechea y Bermúdez que ese ejercicio de décimas fáciles, del cual fueron pioneros, al poco tiempo devendría en el arte sartorial que supone elaborar estas proclamas urticantes de las que ahora resienten y que han obligado al alcalde Martínez Aparicio a decretar: “que no sean las carnestolendas las épocas que deban aprovecharse para ridiculizar al prójimo”. Vano esfuerzo. El de este año no ha sido un carnaval de regocijos.  A ello contribuye la epidemia que azotó a la población y que produjo una gran cantidad de defunciones que afectaron a numerosas familias de todos los niveles sociales, aunque no se llegó a suspenderlo como ocurrió en 1885 cuando la ciudad sirvió de escenario a la batalla entre las tropas gobiernistas y las de los revolucionarios radicales. En el de 1883, para conmemorar el centenario del nacimiento de El Libertador, cinco niñas vestidas primorosamente y en representación de las cinco repúblicas fundadas por Bolívar constituían el mejor adorno de un carro decorado con motivos patrióticos al cual le seguían otros en lucido cortejo.  Cuando pase este año de lutos no habrá razones para no seguir haciendo lo mismo en tiempos de jolgorios venideros, al igual que lo hacen en las fiestas cartageneras del 11 de noviembre. Tampoco hubo este año un Presidente del Carnaval, ni se presentó el simulacro de la Conquista que todos esperaban hoy día martes, ni se continuó con la idea de recorrer el día domingo las calles principales con carros alegóricos, como hace siete años.  Bien extraño que ha sido este carnaval. El bello sexo y las anilinas.

No haber cancelado los festejos en medio del luto general, hace muy difícil hablar de ellos con la impúdica picardía con la que se habla de un “cogé cogé” en los extramuros del sur de Barranquilla; tampoco es fácil hacerlo en tiempo de bunde, currulao o chandé de negros, al son de vihuelas y tambores. Menos aún al ritmo de polkas, mazurkas y contramarchas de Salón. Así que habrá que seguir haciéndolo en pretérito, en cuanto sea posible, buscando no herir a las omisivas autoridades, ni zaherir a los interesados en los opacos festejos, ni ofender a los deudos de los muertos. No obstante, cabe decir que en esto de los lutos mucha diferencia hay entre quienes están habituados a perder hijos, que muchos tienen para suplir la falta, y los otros a quienes la desgracia sorprende a pesar de los bienes de fortuna que se tengan. Aquí, en Barranquilla, si bien no se dan las sofisticaciones que se pueden ver en los carnavales de Europa, de los que se tiene noticia a través de quienes hasta ultramar han viajado, no se presenta el desenfreno que me tocó padecer en los de Caracas en el año 72. En los de Roma, Nápoles y Venecia se goza muchísimo, según me han dicho, pues yo no los he visto; pero lo creo, que, si uno fuera a creer solamente en lo que ve, yo no creería en mi bisabuelo pues que yo nunca lo conocí. Recuerdo que en aquel año, Don Domingo González Rubio, de segundas oídas, contaba en su semanario “El Promotor” que en aquellos lugares tienen especialísima gracia y gusto, y como quien dice “palito,” para disfrazarse. Grandes comparsas salen en coches a recorrer las calles de la población, y traban unas con otras, combates en los que los proyectiles son flores y confites como los que hace no más un par de años ocurrieron en el Camellón de la Calle Ancha a las 7:00 de la noche del sábado, en vísperas del carnaval, cuando una muchedumbre de señoritas en tropel arrojaba a la cabeza de los sorprendidos espectadores profusión de diminutos y dorados papelitos y gritaban, cantaban, corrían y bailaban. Comparados con los carnavales de Caracas los nuestros tienen un tinte de distinción y de civilidad. En aquellos, los festejantes se lanzan aguas de toda índole, incluidas las destinadas a ser ocultadas por simples razones de higiene y de vergüenza personal, y de mala manera se tiznan la cara los unos a los otros utilizando polvos y anilinas. Pero, como la costumbre traspasa fronteras con los viajeros que llegan a esta población que es un cruce caminos, ya hoy los mayores exigen que es necesario enmendar en Barranquilla lo que ellos llaman “la maldita pintura”.  En especial para con las damas.

Cuando de damas hablan, claro está que lo hacen para referirse a las señoras y jovencitas de la Clase de Primera, a quienes quieren privar del placer prohibido de ser manoseadas en el rostro por los galanes que ellas admiran y por los que secretamente suspiran que, de otra manera, en otros tiempos y circunstancias, serían incapaces de acariciarlas so pena de ser desafiados a duelo de honor por los padres, hermanos, esposos o novios ofendidos.  En su mayoridad, faltos de apostura, fofas las carnes y trémulo el espíritu ante ese aroma que desprende desde las entretelas la mujer en edad de merecer, tanto es el  emperramiento de los ancianos que tienen que disfrazarlo de galanura y dignidad para contraponerlo a la fiebre de la mocedad, prohibiendo a las jovencitas cubiertas por las máscaras que aprovechen el anonimato para correr por los salones empujándose las unas a las otras y estas a los varones alebrestados, desafiando su tiesura de momias alcanforadas.  Se les fueron los días en los que, como miembros activos, los gerontes tomaban parte en ese vertiginoso y ordenado desorden del carnaval. Y ya quisieran cambiar su papel de viejos rodillones y de pasivos espectadores, por el de jóvenes danzantes. Es en los bailes del carnaval cuando la mujer, cubierta por el disfraz, adquiere la libertad completa para expresar lo que siente y manifestar lo que desea. Efectivamente, el carnaval es “La República de las mujeres”.

 Ellas pueden emplear impunemente la burla y la coquetería. Lo que para ellas significa estremecerse al roce de una mano varonil a sus chaperonas y seniles guardianes, parécele una reacción al tormento. Para entender el sentido de esta fiesta en la que los jóvenes patronos son los primeros en iniciar y seguir la corriente impetuosa de la parranda, les bastaría con mirar a través de sus monóculos y antiparras a los Noguera, los Stacey, los Cortissoz, todos ellos tiznados, abandonando sus negocios y haciendo causa común con los doctores Insignares y Rodríguez y con Emiliano Vengoechea, para darse a la tarea de  asaltar los bailes por el día, en unión de sus jóvenes y hermosas esposas,  pintando cuanta cara maluca o bonita se les atraviese en el camino. ¿Quién puede molestarse?  ¿Quién se resiste?  Ni siquiera el empingorotado Don Próspero Carbonell, Prefecto de la provincia, ni Miguel A Vives, el administrador de la Aduana, ni un Mr Wolff o un Federico Pérez De La Rosa, personas que por su posición, por su carácter y edad deben ser respetables y respetados en todo tiempo, lo son en el carnaval, menos en este en el que a pesar de los túmulos y las coronas funebrias, no ha dejado de pasar que la joven más tímida o más viva les haya echado  el lazo para derramarles sin compasión, polvos y pinturas desde la cabeza a los pies. Aquí en el carnaval, de momento en momento, suceden los lances más originales, los más chistosos chascos y se sufren las más célebres equivocaciones. Y se reciben las más agradables (o desagradables) sorpresas. Si no, mire Usted lo ocurrido en 1881 cuando, ya entrado en los treinta de una soltería bien llevada, mi amigo Ernesto se encontró perseguido por una Mascarita espiritual y graciosa y, suponemos, bella. Llevaba un vestido de esos que en la Provincia de Padilla llaman de pilonera. Sostenía en la cabeza un pote de latón relleno con semillas que sonaban cuando movía cadenciosamente la cabeza.

Un maniar y encima un tul que ocultaba el rostro, iban anudados al cuello con un enorme lazo para evitar que se le cayera el ruidoso chéchere. Nuestro amigo al principio todo lo llevó con indiferencia, pero bien pronto la curiosidad y el corazón tomaron su mordedura y le obligaron a intentar una conquista, tanto más agradable cuanto que se prometía algún desenlace novelesco y lleno de aventuras inesperadas. La espiritual aparición llevaba las manos cubiertas con guantes y en cada una de ellas unos sonajeros que en Las Islas llaman maracas. Están hechos con un calabazo seco, fruto del árbol del totumo, al cual se le han extraído las tripas, lo han puesto a secar y llenado con piedrecillas que hacen como crótalos cuando se agitan. El pote y las maracas nunca dejan de sonar e iban acompañados de una nasal y peculiar voz fingida al decir de: “¡y no me conoces mascarita, no me conoces…!” Engolfado en la empresa, gastó todo el repertorio consiguiente a tales casos. Para abreviar, añadiremos que nuestro amigo concibió la idea de ser correspondido. Después de haber pasado los tres primeros días luego del carnaval, Ernesto se dirigió lleno de profundas emociones a la casa en la que se dio cita para alcanzar el ¡Sí!, prometido. La puerta estaba entornada. Tocó y una criada lo condujo a la sala de recibo. En esos momentos desde la sala de labores una de nuestras pálidas bellezas, ejecutaba en el piano, como al descuido, ligeras y suaves armonías. La casa estaba sita al lado del claustro de los capenses cuyos recitativos Ad Vésperas contrastaban con la juguetona melodía que aquellos dedos de alabastro hacían brotar desde la caja panel del encordado, al moverse sobre el teclado.   El corazón de nuestro amigo dio como tres saltos en el pecho al ver que iba a hacer realidad sus dorados ensueños. Con el canotier que recién le habían traído sus padres desde Venecia el año anterior, puesto a manera de rodela sobre el inflamado pecho, avanzó desde la antesala al interior de la solariega estancia. No tuvo tiempo siquiera para saludar. Un joven de agradable presencia y finos modales, se adelantó y abrazándole le dijo: “Soy el esposo de la Señora X, a quien tengo el gusto de presentar a Usted. Ella me ha referido todo y por lo tanto aguardábamos por Usted.

Lo único que le suplico, es que de hoy en adelante acepte nuestra amistad y que, por ella, dispense el mal rato que mi esposa le haya hecho sufrir” Mi pobre amigo quedó bien corrido y aunque entiendo que se comprometió a ser amigo de la casa, a la hora en que escribimos estas líneas, después de tanto tiempo todavía resiente las consecuencias de aquella broma de carnaval. En medio de estas fiestas, en las que no faltan los lances, aquí tenemos la gran ventaja de que la autoridad política se apercibe de toda cuestión personal, cualquiera que sea su origen o gravedad, y en cumplimiento de su deber cita a los contendores, les hace otorgar una fianza y todo queda concluido. Desde luego que no falta el hecho que lamentar como aquel de la tarde del 16 de febrero, domingo de carnaval, en la que el Riohachero Nicolás Pereira asesinó por su propia mano a su amante Beatriz Badillo, en bajando en el Puerto Real. Gente necia y bochinchera, de todos los pelambres. Hoy martes, como ayer y antier, los salones de baile y la plaza de San Nicolás han estado vacíos.

Para los unos, no hubo empresarios. Y, para la otra, las gentes sin respeto ni consideración, los que se disfrutan la jarana y aprovechan toda oportunidad para desafiar la autoridad, esta vez se trasladaron a la Plaza de San Mateo con la fallida expectativa- porque ya lo hubo prohibido la municipalidad, como dije- de presenciar las tradicionales peleas de racamacana entre las Danzas que simulan la Conquista. Ayer, como el domingo, algunos de sus miembros luciendo sus atuendos tradicionales de diablos calzando espuelas, de tigres con pintas de jaguares haciendo de veras el ejercicio de cazar una famélica acémila a la que circuye simulando volar un solitario gallinazo, salieron a deambular por la polvorienta Calle Ancha en espera de un público que por lo escaso y ausente, tal como los postes del telégrafo, le dan a aquel espacio una sensación de desolación y de tristeza. Es que suele pasar que cada quien habla de la fiesta según como le haya ido en ella y, por lo mismo y a la inversa, que cada quien llore sus muertos si es que los ha tenido y si hay razón para que les duelan sus decesos y que para el resto se aplique aquello de que “el muerto al hoyo y el vivo al bollo” y porque “hermanos de morir tenemos, eso ya lo sabemos”. Por eso en este año del 90, a pesar de todo, se bailó en las casas de algunos principales a quienes la parca no se les introdujo a través de los postigos de las puertas, por los visillos y las celosías de las ventanas o por el hueco de las cerraduras. Así, el domingo 16 se bailó en casa del Señor Don Evaristo Obregón, el 17 en casa de Don Rafael Salcedo y el 18 en el Club Barranquilla, sito sobre la Calle Ancha en crucero con el Callejón del Mercado.

Nos dicen, porque no estuvimos presentes por razones de consideración y de respeto, que los Señores Obregón estuvieron espléndidos y que agasajaron a los muchos que, libres de lutos y de duelos propios o ajenos, sin rubor ni reato respondieron a su invitación. ¿De dónde viene esta costumbre que en tales días del carnaval cada cual toma su parte para festejarlo, que el hogar de uno sea el hogar de todos y que, ya que la entrada es franca, todo se tolere y se festeje todo?  Como todos se sienten complacidos de que sus amigos le invadan la casa para brindarles una copa del mejor Jerez o un vaso de exquisita Lager Beer, nuestros jóvenes empresarios, al igual que los de su época, el día domingo eligieron una casa y allí bailaron; seleccionaron otra para el lunes y en el tercer día, otra para seguir el sarao.  En la segunda planta de la recién entonces construida casa de Don Eusebio De la Hoz, frentera con el costado norte de la Iglesia de San Nicolás y desde donde hoy miro discurrir esta tarde, tan calurosa y tranquila que llama  a la abulia y a la modorra, dieron estos jóvenes empresarios el primer  baile el Domingo del carnaval del año pasado. El precioso salón decorado con esmero y gusto atraía, seducía y fascinaba. Al punto de las diez de la mañana, luego de la segunda misa, lo invadieron en tropel infinidad de disfraces a cual más bello y alegre, y ¡qué de mascaritas tan graciosas como seductoras! Diablillos que enloquecían y por instantes hermoseaban la existencia. El segundo día fue en la casa del Señor Don O. G. Müller que, al parecer de todos, fue el mejor y más suntuoso baile que jamás hayamos tenido en el carnaval.  ¡Qué de entusiasmo y qué de rostros divinos y angelicales! ¡Qué grupo hermoso de caras infantiles a cuál más graciosas, a cuál más alegres! Todo convidaba al placer, por lo que se prolongó aquella agradable reunión hasta las 6 de la tarde. La juventud quedó altamente agradecida con el Señor Müller y así, a nombre de ella, lo manifestó el Señor Abraham Juliao, en expresivas y elocuentes palabras.

El Señor Müller con aquella fuerza y amabilidad que son peculiares a todos los hijos de la Gran Germania, dio contestación al discurso del Señor Juliao, recibiendo la corona que le obsequiaba la Juventud Barranquillera, en prueba de gratitud y de cariño. Finalmente, el día tercero Don Jorge Chuletts, simpático hijo adoptivo de esta población quien, con su estimable señora y toda su familia, con su acostumbrada fineza, llenaron de atenciones a todos los jóvenes que concurrieron al baile de máscaras que les ofrecieron en su casa. En el año de 1888, el baile del primer día fue en la casa de Doña Ana R de Salcedo, el del segundo en la del Señor Eduardo Gerlein y el del tercero donde el Señor Don Pedro Noguera. Sería llenar columnas y columnas en este periódico si me diera a la tarea de describir una por una las atenciones de estas tres familias. Puede decirse que hubo competencia en finura. En todas las tres casas se bailó hasta las cinco de la tarde, hora en la cual cada quien se fue a descansar un rato para emprender la parranda nocturna pues a las ocho de la noche, como es tradición en esta ciudad, empiezan los bailes en los Salones.  A los ochentones que en todo tiempo quieren poner orden les cae muy bien aquello de lo que es no acordarse el cura de cuándo fue sacristán, por no seguir el ejemplo de aquellos viejos y viejas que en los animados y concurridos bailes que se dan en las casas por el día, y por la noche en los Salones, saltan y bailan. Sin embargo, la vieja edad les reporta algunas ventajas como la de no aparecer involucrados en hechos vergonzosos como los que se dieron en el baile de la Clase de Primera en el año de 1874 cuando la guachafita originada por el cambio en el programa musical a exigencia de varios concurrentes, obligó a que se diera por terminada la fiesta en medio de un desorden en el cual se oían palabras descompuestas, amenazas y recíprocos insultos que convirtieron aquel salón en un lugar de desacato.

Las señoras y señoritas que allí había, al verse tan indignamente tratadas y comprendiendo el peligro que corrían en un lugar en el que ni el sexo, ni las consideraciones sociales, ni nada de lo que prescriben las reglas de la cultura eran  tenidos en cuenta, corrieron precipitadas como una banda de canarios sorprendidos por un milano, dejando a los gamberros, horas antes finos, comedidos y delicados caballeros,  ahora dueños absolutos del salón de baile convertido en circo romano y patio de gladiadores. En cambio, contrario a lo que ocurrió en el salón de “la sociedad escogida”, en los salones de la Segunda y la Cuarta de las Clases, a pesar de lo numeroso de la concurrencia y de la alegría y del entusiasmo de que estaba poseída la generalidad de los asistentes, en todas las tres noches del baile en aquellos carnavales reinó la mayor compostura, lo que sin duda alguna hace honor a esta población. Si nada tengo que decir del baile de los de la Tercera Clase es porque hace dos años no hubo banda de músicos que tocara en él. Cosa distinta a la ocurrida en el año pasado cuando en todos los tres días del carnaval en los bailes de mascaradas ofrecidos por los diversos grupos en que está dividida nuestra sociedad, reinaron el mayor orden y el entusiasmo más grande. Pocas veces se había visto reunidas, como en esa ocasión, seis bandas de música tocando en los seis Salones que se hicieron para los bailes de máscaras. Una de tales bandas fue la filarmónica de Baranoa, fundada por el Doctor Felipe Santiago Acosta- Cura Párroco de aquel Distrito-   que deleitó a los concurrentes con un selecto repertorio de valses, pasillos, danzas, romanzas y dobles militares, instrumentados para bandas cuyas partituras están de venta donde Alejandro Cáceres. Todo bajo la dirección del inteligente músico y compositor Don Virgilio Villa. Igualmente, brillante estuvo nuestra banda militar cuya fama es conocida.

Su repertorio es bueno y la componen 24 músicos entre los cuales se encuentran Maldonado, Galofre, Altamar, Álvarez, Calderón y otros más que son prácticos y que arrancan a sus instrumentos notas dulcísimas y sabrosas melodías. Y qué decir de la Banda “Fraternidad” que se distinguió por el buen gusto que desplegaron en toda la temporada de aquel carnaval, dejando oír el sinnúmero de piezas con que cuenta su repertorio. Nosotros que saboreamos esas dulces notas que inspiran los corazones, y que lo transportan a uno a regiones desconocidas, no pudimos menos que dar un apretón de manos a sus Directores que han sabido colocarla a la altura de la mayor fama, recibiendo como premio los aplausos de congratulación por parte de quienes, siendo amantes del progreso de nuestra Barranquilla, hubiéramos querido decirles hoy como ayer: “Banda Fraternidad”, hijos de Rossini, Verdi y Paganini, ¡adelante!  Pero, en este año de 1890 no se pudo porque estuvieron cesante el pulso, silentes las voces, enmohecidos los instrumentos y fajadas las partituras de los hijos de Calíope, Erato, Euterpe, Melpómene y Terpsícore. Los gritos desgarradores que durante meses, en el silencio nocturno, erizaron la piel de quienes despertábamos preguntándonos “quién habrá muerto”, no podíamos menos que tener como respuesta el silencio por parte de estos Hermanos de “La Fraternidad”, reunidos como en una Tenida Blanca convocados por las funebrias solemnidades. A pesar de que los bailes del “Salón Fraternidad”, o de La Clase Segunda, suelen quedar muy lucidos, de que tradicionalmente en ellos hay un mayor número de disfraces y de que es de notarse el gusto con que se arreglan las señoritas que a ellos concurren, este año allí no hubo bailes. Así pues hubo que aplazar para el próximo año y ver cómo se da en tierra con el tal “barato” que, al igual de lo que pasa en los bailes de la de Primera, es una fea costumbre, pues ya sucede que las señoritas bailan cada pieza con cuatro y con cinco jóvenes, cosa que naturalmente es poco agradable para ellas. Pero, volemos con nuestra memoria a tiempos más amables. Para el carnaval de 1873 hubo seis bailes para los de la Clase Primera, catorce para los de la Segunda, tres para los de la Tercera y en el año siguiente los hubo hasta para los de la Cuarta. En aquellos años, la ciudad toda era un solo baile, desde la mañana hasta despuntar el alba del siguiente día. Recuerdo que, con Juan Manuel De Castro y Ernesto Vieco, mis amigos y compañeros de estudios y de parranda, recién llegados que estábamos de Caracas y Curazao, nos tocó aportar a los procuradores de las tres fiestas para poder ir a divertirnos con las negras de la Clase Tercera y con las muchachas de las de en medio. 

En 1881, mis viejos conmilitones decidieron meterse a empresarios de carnaval y obtuvieron del Concejo Municipal licencia por Acuerdo Especial para organizar los Salones de ese año. Aunque se haya dejado entrever, debo precisar que a los Salones concurren a divertirse en las primeras horas de la noche los grupos que conforman la sociedad, según las Clases. El empresario queda autorizado para abrir en el comercio la suscripción acostumbrada y para percibir de todos los jóvenes la cuota correspondiente con el fin de tener un lugar, en donde pueda esta sociedad pasar ratos amenos en los días del carnaval. Así debe ser porque la nuestra es una sociedad “clasificada como las hojas del tabaco” y nada más saludable para la conservación de las buenas costumbres que aquello de “conejo a tu conejera” y “cada quien con su cada cual”. En aquel, como en todos los años antes y después, en la plaza principal se levantó la enramada grande bajo la cual se efectuaron los bailes de la Clase de los de Tercera en los tres días del carnaval y que pomposamente es clasificado como un Salón, para desagrado de los Señores Cortissoz, Juliao y Senior, llamado “el burrero” por analogía con el corral de burros que hay al lado del mercado donde se encierran los asnos transportadores diarios de artículos para el consumo y no al que ellos acostumbran en sus Fiestas de Religión. En él, los bailes son inaugurados por el Presidente y la Presidente del Carnaval, escogidos de la Clase de los de Primera, y por el Vicepresidente y la Vicepresidente del Carnaval, que son de la Clase Segunda. Bailada por ellos la primera pieza, se retiran al salón de los de la Segunda Clase, donde permanece el Vicepresidente con la Vicepresidente, mientras el Presidente y la Presidente se retiran al Baile de los de la Primera. Como es la ley natural, a los de arriba les está permitido ir a las fiestas de los de abajo que deben darse por honrados con su presencia. Pero, a ninguno de los de abajo le está permitido el disparate de subir a inficionar la fiesta de los de arriba. En los bailes del Salón de Tercera, que como he dicho antes llaman “burrero”, es sensible ver la decadencia de esta costumbre de pedir “barato” en el salón del pueblo sobre todo cuando son invadidos por varones de las otras clases que tienen derecho a hacerlo como quien ejerce un privilegio feudal sobre la gleba. Sobre ese pueblo que recoge la última gota de sudor al ponerse el sol de las vísperas para recibir su salario e invertirlo al día siguiente en sus goces. Es necesario tomar interés para que siempre la gente humilde pueda encontrar un lugar donde divertirse bien, contando allí con decencia y respeto apetecibles. Así ha sido y así debe seguir siendo, siempre.

En el iluminado “Salón Cosmopolita” de aquel año 81, dedicado a los de La Clase Primera, al suave compás de la música se deslizaban apacibles y serenas  las hermosas y elegantes damas; uno se creía  transportado, como dice el malogrado e inteligente amigo Juan N Cayón, a un delicioso jardín donde el aura columpia las matizadas corolas de las flores, sueña uno como habitando esos mundos misteriosos creados por la fecunda imaginación de los poetas; o contemplando el armonioso coro de  deidades fantásticas, radiantes de belleza, con la ondulosa cabellera sembrada de jazmines  y perfumando el ambiente con su embriagador aliento. Sin embargo, ya desde aquellos años, en el Salón de Primera también hemos notado una costumbre desagradable. Las señoritas iban con sus programas en los que tienen anotado: “la 1ª pieza con fulanito para todos los salones. La 2ª con zutanito etc.” Preguntamos: un extranjero que venga a pasar esos días para divertirse ¿Con quién baila?  ! Oh ¡Esto no es corriente; pero no es solo eso; la detestable costumbre se ha llevado al extremo de que ya hay caballeros, y no pocos, que invitan “a tal señorita para tal pieza, ¡compromiso para todos los bailes en que se puedan encontrar!”  En todo tiempo y en todos ellos, las máscaras lo vuelven a uno loco y es aquello una confusión de gritos, campanas, cantos, tambores etcétera.  Nunca han faltado los jovenzuelos que exhiben disfraces poco decorosos y apropiados para llevarlos puestos cuando se va a bailar con señoritas y que valiéndose de las caretas representan escenas censurables que molestan a algunas familias. Por acá, vienen unos ciervos con lo particular de que ellos mismos llevan las trompetas de caza y los cazadores se han hecho acompañar de los correspondientes perros- cosa esta no bien vista la de llevar canes a los bailes-.  Allá, en una comparsa que da por llamarse “El Jardín”, las flores de manera inexplicable venden flores para procurar fondos para donarlos a los niños pobres después de las fiestas. Por allí, pasa un habitante del celeste imperio, acompañando a un fraile borracho que danza con Diana- La Cazadora-; Aquiles se hace acompañar de una náyade en tanto que Ulises si decide escuchar el canto de una sirena; dioses y diosas mitológicos que alternan con banqueros y mendigos. Acullá aquel con sombrero de trenza y la cara parecida a la de un habitante del interior de África, de cabello rubio y ojos azules, gira alrededor de una muy poco recatada monja. Por aquellos lados están los grupos de damas romanas, los de juego, las de azulejas y las de dominó negro. Pierrot y Colombina, polichinelas; marinos que se aprestan al abordaje de bailarinas; más allá van una infinidad de loros, por acá aldeanos, pastores y pastoras que unidos corren, le toman a uno y se divierten en ocultar el nombre de la amiga que va debajo de la careta de alambre o de cartón, de las narices, catalejos, medias caretas, chiveras, patillas y de las combinaciones para disfraces horribles, raros y estrambóticos que vende en su comercio Jacobo Henríquez Jr. a precios que no permiten competencia. Y aunque este año solo una fue la fiesta, no deja de producir molestia que haya quienes cierren el alma al dolor ajeno y crean que es posible arreglarlo todo con la fórmula social de “mi más sentido pésame” para salir a las volandas a ponerse el disfraz e irse a bailar. Calle y danzas. En los inicios de este siglo, en 1829, cuando apenas se asentaban las bases de la Nueva República de Colombia, un viajero norteamericano, llamarse Renssenlaer Van Renssenlaer viniendo de Cartagena donde había residido, arribó a nuestra ciudad en busca de fortuna camino al interior del país. Atinó hacerlo en los días del Carnaval. Desde los montes vecinos se escuchaba el tam- tam de los bailes de negros y las músicas de indios “que siempre son lo mismo”. Lo que vio por los alrededores de La Ciénaga, lo llevó a dudar de si estaba presenciando una ceremonia religiosa o un ritual pagano. Tal el desconcierto que le causaron los nativos que vestían trajes antiguos profusamente adornados con plumas y que tocaban sus instrumentos de existencia ancestral. Igual la impresión que le produjo el sonido de las “flautas de tres pies de largo” que ambientaban unas danzas que se desarrollaban sistemática y regularmente. Y que, en medio del baile, por momentos surge el tono familiar de un grito de guerra, especialmente profundo, que hace renacer ecos ancestrales que desatan el frenesí entre los danzantes. La primera de aquellas flautas tiene cuatro huecos para colocar los dedos y “produce un aire melodioso, salvaje y alegre que la gente adora en exceso”. La otra, no tiene sino uno o dos huecos para los dedos y “con una calabaza llena de granos se utiliza para la segunda persona como acompañante de la primera”. Desde siempre, las danzas para esta música, al paso, de los días y en el último dellos, como se viene ocurriendo, terminan en una verdadera batalla en las que se alinean los nativos originarios y primeros dueños de estas tierras en un bando, y en el otro los que se aliaron con los conquistadores para sojuzgarlos y esclavizarlos. Tal el origen de “La Conquista” del martes del Carnaval que, como ya se dijo en otro remitido, este año fue prohibida por el Señor alcalde Martínez Aparicio, no por los daños en cercados cuyos elementos se transforman en lanzas y macanas que producen creciente número de heridos y contusos, sino por respeto al luto generalizado.

Cuán distinto era aquel festejo que el viajero veía en Barranquilla, de las fiestas del Carnaval que vivió en Cartagena algunos años atrás, y ambos eventos de aquellos que había podido a ver en otras partes del mundo. Quizás a causa de la llegada de familias y trabajadores desde Cartagena, que a todas luces se empobrecía y menguaba en tanto que Sabanilla la desplazaba, fue en 1888 cuando los grupos de danzas del pueblo invadieron las calles de la Ciudad al son del tambor y de la gaita con “Porros” y “Currulaos”, tal como acontecía en los carnavales cartageneros en donde no se permiten fiestas privadas y los bailes y disfraces desbordan las plazas públicas de la llamada “Plaza Fuerte”, la Ciudad Amurallada y en extramuros las callejas de Getsemaní, desde luego de Misa al mediodía del domingo, y hasta la alborada del miércoles de ceniza.  Jaranas que debieron traer a la memoria del privilegiado contratista y patrono de las obras del ferrocarril, del muelle en Cupino y sus anexos, Don Francisco Javier Cisneros, los días de adversivos y repugnantes Mamarracho y de tiznados en las fiestas de San Juan, San Pedro, Santa Cristina, Santiago y Santa Ana;  de los Cabildos de Nación, las Tumbas y las comparsas; de los bastoneros, los valses, la Sopimpa y otras  contradanzas y rigodones de los bailes de mascaradas que se dan en el caluroso estío de su natal Santiago de Cuba. Al igual que en Cartagena y en Cuba, algunas de tales danzas llegan a tener a doscientos y pico de personas sin que tales “Fandangos de Negros”, de “Los Indios”, de “Los Indios Chimilas” o de “Los españoles”, varíen de un año al otro. Esta, la nuestra, la de “Los Indios”, no es una danza nativa de los Taironas como se dice, los cuales habitaban las alturas de la Sierra Nevada de Santa Marta.

No formaron con ellos pueblos los españoles y desaparecieron sin dejar rastro de esa especie de bailes y menos de danzas.  Es creencia que estas fueron danzas compuestas por los conquistadores para atraer a los Chimilas, parcialidad belicosa que poblaba las partes bajas desde los que es hoy La Ciénaga hasta las laderas fronterizas de Mompóx, donde existían los indios Chilloas, limítrofes con los Tamalameques.  Viniendo desde San Juan de la Ciénaga llegaron “Las Cucambas”, “Los Coyongos” y “La Madre Tierra”, danzas que tienen un fin religioso. Van por delante en la procesión del Corpus Christi haciendo adoraciones al Santísimo Sacramento dando a entender que todas las criaturas, hasta las irracionales, deben adorarle. Las Cucambas visten de la cintura para abajo unas enaguas anchas hechas de palma de vino, que cuando bailan revolean, y si se agachan se esponjan como hace el ave cucamba, cual la he visto bailar provocada por una mujer. En el resto del cuerpo lo cubren con una camiseta de franela, recamada de plumas, calzan guantes blancos, hechos de calcetines o medias calcetas, y cubren el rostro con una máscara que semeja el ave con su fuerte pico.  Danzan al son de un tamboril, de la melodía de una gaita larga y llevan este estribillo: “Cucambambambam, pico perico”. Y no puede faltar la política en el Carnaval. En el del año pasado, se le siguió dando continuidad a la comparsa que en 1882 se presentó pintando a lo vivo, la manera bárbara como son tratados los negros en Cuba. La iniciativa fue del Cubano Manuel del Valle, quien representó el papel de Antonio, el mayoral. Del Valle, a veces cantaba y bailaba acompañándolo en coro las negritas y los negritos.  Uno se sentía transportado el Centro del África, contemplando tantos desgraciados a quienes su mala estrella los habría de conducir a La Perla de las Antillas, para soportar el despotismo de un amo y los azotes de un mayoral.

Esa vez se contó con el apoyo del empresario del ferrocarril, conocido como un patriota que había luchado en las guerras como Jefe de Mar a la cabeza de fuerzas expedicionarias en contra de los españoles que ocupan La Isla. “No puede haber Independencia Cubana con esclavitud” cerraba la parodia que dejaba marcas indelebles en el alma de los espectadores que no dudaban en contribuir con los clubes patrióticos por la Independencia de Cuba, que funcionan en Barranquilla. Deben saber los lectores que en Barranquilla los bailes de máscaras continúan los jueves, sábados y domingos de las dos primeras semanas de la Cuaresma, y el último de estos es “El de la Piñata” que se celebra en la tarde del Domingo de Resurrección. La piñata consiste en una vasija de barro forrada de papel color y con cintas multicolores; está llena de dulces y con palomas blancas adentro. Los caballeros elegidos para romperla van vendados, blandiendo un palo, al que logra despedazarla le toca ofrecer el baile de máscaras por la Pascua Florida de Resurrección. Se nos vino el martes de carnaval.

El año pasado al llegar el último de los tres días de licencia y jolgorio en los que no hubo ningún acontecimiento desagradable que lamentar, fue de elogiar la conducta del joven alcalde,  hoy recién casado y retirado del cargo- Señor Gabriel Martínez Aparicio- que recorría a caballo la ciudad, evitando disgustos y procurando la mayor armonía en el pueblo, para lo cual obsequió a dos danzas rivales una bandera blanca con el hermoso letrero de UNION, la que fue recibida con demostraciones de regocijo por la muchedumbre agradecida con un Alcalde que, además de imaginación y una cierta dosis de cinismo,  probó tener tolerancia, disposición y amor por los habitantes de esta población. Aunque siempre mostró animadversión contra el empresario de la tranvía, el antes mencionado Francisco Javier Cisneros, que ya había empezado a tender los rieles según el contrato que Abello le había cedido.  Este año, no habiendo Conquista, nada hay que evitar, ni banderas que entregar.

Mañana miércoles algunos disfraces y danzas irán a la iglesia de San Nicolás a tomar ceniza. El ritual es como sigue: los Indios Bravos amanecen en sus chozas en el norte por los lados de Monigote, o sea a la salida del antiguo camino de debajo de Soledad, también por los lados de “La Caimanera”. Los Piratas se dirigen a buscar a Los Indios y al ser descubiertos estos, aquellos les hacen juego y huyen, pero son alcanzados por sus perseguidores y capturados, los amarran con cintas de diferentes colores para llevarlos a tomar la ceniza. Hemos terminado los tres días de carnaval y con ellos la locura y la anormalidad de todas las personas. La campana llamará a los fieles, y la palabra del padre Carlos Valiente, recordará a la humanidad que fue formada con el polvo de la tierra, y que a esta debe volver. Y, ¿a quién le importa?, me digo mientras comienzan a escucharse las primeras polkas del último día del carnaval de 1890 en el Club Barranquilla sito en la esquina que hace este callejón del Mercado con la calle Ancha. Así acostumbramos terminar la temporada carnestoléndica en Barranquilla.  Pero no, decimos mal, el carnaval no acaba, pues el mundo no es otra cosa que una perpetua carnestolenda, donde cada cual se presenta con la máscara que mejor le sienta. REMITIDO. Marzo 30 de 1890. Siempre ocurre que las pestes influyen en el carnaval y en sus prórrogas como en este año cuando el último de los bailes de prórroga debió tener lugar desde el día 2 de marzo; pero acontecimientos desgraciados, que han conmovido esta ciudad, lo vinieron transfiriendo hasta el 23, que fue cuando se llevó a cabo.  Aunque la concurrencia no fue tan numerosa como en las otras ocasiones, este baile del 23 creemos que es el que más lucido ha quedado pues, aunque faltó allí la animada algarabía de las máscaras, hubo en cambio esa seriedad de buen tono, característica de los bailes de rigurosa etiqueta. Así fue en efecto el baile del que nos ocupamos, pues las damas que a él concurrieron, compitieron en lujo, en riqueza y elegancia y los caballeros, todos, vistieron de frac, y calzaron guante blanco. Cuánta diferencia con lo ocurrido en aquel baile de prórrogas de carnaval de hace algunos años cuando las damas a él invitadas tuvieron a bien, no asistir. Ocuparon su lugar, caballeros con trajes femeniles. ¡Habrase visto algo de gusto tan vulgar y ordinario!  “A falta de pan… buenas son tortas” dirán los que encuentren explicación a este desaguisado.

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Fabio Ortiz

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