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Esta ópera devela la fuerza de la religiosidad popular, su capacidad para paralizar o para movilizar. Desnuda los mecanismos de la sicología de masas que explican por qué un pueblo puede ser feliz en medio de la corrupción, la injusticia, la pobreza y el desastre y de cómo es capaz de levantarse, como un mar embravecido, para arrasar con todo a su paso.

La presencia de la protesta de la ciudadanía en las calles es el termometro de la indignación social (For)

Por: MOISES PINEDA SALAZAR-Colaborador-  Juro que narraré la historia tal como la recuerdo pues, como Pimen, el monje ortodoxo encargado de preservar la verdad- caracterizado por el bajo ruso Mikhail Petrenko- “en mi vejez, vivo de nuevo. El pasado cruza frente a mí, incansable como el océano”. Yo, era un niño. Mi madre suplía con religiosidad lo que nos negaba en caricias. Así era ella, devota de Dios y de sus hijos, tanto que  en la habitación que ocupábamos en la casa compartida con las abuelas, el marido de una de ellas, dos tíos paternos, tres perros- Nerón, Baby y Bobby- diez gallinas y seis morrocoyos, había dispuesto una lámina de “El Niño Jesús de Praga” y otra del “Ángel de la Guarda” ante las cuales recitábamos cada noche, de rodillas, al pie de la cama y sin faltar, la siguiente fórmula: “Ángel de mi guarda, mi dulce compañía, no me desampares, ni de noche, ni de día, hasta que descanse en los brazos de Jesús, José y María”. Una de aquellas, madre dejó encendida la luz amarillenta del bombillo de filamento más allá de la hora acostumbrada. A falta de sueño, me quedé mirando fijamente al Niño de Praga. Viste las galas de los hijos de los Zares. Es un Zarévich: manto púrpura, cetro real, suntuosa corona y en su mano izquierda lleva la esfera del mundo sobre el que se extiende el imperio de la Moscovia desde el Asía y Europa hasta la América; desde Finlandia hasta el Mar del Japón. Me preguntaba por qué El Niño estaba vestido de esa manera, metido como en un cono de color rojo, recamado de oro y pedrerías que le impedían jugar y correr por las calles de Bethlem. Para mí era inexplicable cómo podía sostener una corona que debía ser incómoda y pesada y que, como no se le veía barbuquejo, debía caérsele cada vez que brincaba por el patio de su casa, e imaginaba lo que podría hacer en los solares de Judea pateando la “bolita’ el mundo” que llevaba en su mano izquierda.

EL NIÑO JESÚS DE PRAGA

De pronto, el escudo que está en la mitad de la base que le sirve de pedestal a la estatua, se tiñó de un color rojo que, alternativamente, se diluía. Se teñía, se desteñía, se teñía…Tuve miedo. Grité. En medio del llanto, quise explicar lo sucedido, sin conseguirlo. Mi padre, para tranquilizarme, me llevó consigo a su habitación y al dormirme debió haberme trasladado, a mi cama ya que al día siguiente desperté en ella. Puesto en pie, miré la imagen y, sí allí estaba el blasón escarlata que, desde entonces, sigue teñido de grana en las litografías checas del que se conoce como “El Pequeño Grande”. Han pasado once años desde cuando escribí las anteriores notas, y estas que le siguen, luego de haber asistido a la transmisión en directo de esta Ópera de Modest Mussorsgky- BORIS GODUNOV– en la sala que para el efecto opera todavía Cine Colombia en el Centro Comercial Andino en la ciudad de Bogotá. Hasta allí viajaba cada vez que desde el Metropolitan Ópera House, se anunciaba la correspondiente temporada transanual y se transmitían en directo- vía satélite- las funciones de los sábados por la tarde. Desde ese día, me hice el propósito de verla presencialmente en las instalaciones de ese emblemático teatro con categoría mundial, de igual o superior nivel que el del Teatro Scala de Milán, el de la Ópera de Sidney, o el de la Ópera de Paris. A eso voy a la Ciudad de Nueva York. Lo hago en cumplimiento de uno de los cinco propósitos que debo lograr antes de morir y plugo a Dios que esté lejos el día. El Primero fue el de haber marchado con los trabajadores el Primero de Mayo de 2019 en la Ciudad de La Habana. Allí estuve. Desde la medianoche cuando empezó a organizarse la concentración, hasta las nueve de la mañana cuando terminó de pasar el último marchante por la explanada de La Plaza de La Revolución. Luego, quise festejar mis 70 años en la Plaza de San Pedro en Roma y, en un recorrido ferroviario y “mochilero”, asistir a una función en La Scala de Milán y otra en el Teatro Real de Madrid. Pero, la pandemia de la COVID me lo impidió. Otro día será. Si Dios lo quiere y me da licencia y el peso colombiano no se vuelve basura. El tercero es este, el de disfrutar a BORIS GODUNOV en el MET de Nueva York y, de paso, lo que ofrece La Gran Manzana en Broadway y el sistema de Museos, especialmente el de Arte Moderno y el Guggemhain, sostenidos por verdaderos filántropos que “se meten la mano al dril” para administrarlos y engrandecerlos, sin depender de las rentas públicas de la Ciudad o de la Nación, como suele ocurrir en Barranquilla.

La verdadera filantropíaes la que financia los proyectos sociales y culturales en la humanidad

El cuarto propósito será asistir a la Misa de Navidad en Bethlem y Palestina para recorrer “los lugares santos” que nutrieron, y siguen nutriendo, el expansionismo de los Grandes Imperios de Occidente. Y, finalmente, para entonces, ya liviano de equipaje y de pesares ¿cómo negarme el gustazo de volver a repetir la aventura de ir caminando de Barranquilla a Medellín, de Medellín a Bogotá, de allí a Bucaramanga y de esta a Santa Marta y Barranquilla, tal como lo hice en 1970 cuando era un joven cargado con un morral de sueños? Hoy, diez años después, luego de haber precisado que es posible que “El Pequeño Grande” pudiera haber jugado el episkyros con “la bolita ‘el mundo” y que lo hiciera en ese cruce de caminos en el que Grecia, Roma, Egipto y los pueblos de la saga de Abraham se mezclaron, en ese crisol que fue Palestina, camino a Nueva York retomo su historia. El culto a este “Zarévich Divino”, El Niño Jesús de Praga, se remonta a los inicios del Siglo XVII cuando un sacerdote Carmelita, el Padre Cirilo, recibió la figura traída desde España y que había sido regalo de matrimonio de la Princesa Polyxenia de Lobkowitz. Se dice que ella fue quien le elaboró sus primorosos vestidos y que fueron los religiosos carmelitas de Praga los que entronizaron la estatua milagrosa en el oratorio de su convento. Por eso, resulta interesante escuchar al Monje Pimen cantar en la escena Primera del Acto Primero de esta ópera lo siguiente: “aquí, en esta misma celda, vivió Cirilo, un hombre justo que sufrió mucho en esta vida. Versión que se ajusta a la tradición oral de aquel culto religioso según la cual la entrega de la estatua milagrosa coincidió con las guerras que sumieron al convento en condiciones extremas de pobreza. Y, algo no menos importante que los periodos de bienestar y de ruina del monasterio, es señalar que ellos estuvieron asociados con la pérdida, búsqueda, encuentro y restauración del culto al “Pequeño Grande”. Un calificativo que, como se puede notar, nada tiene que ver con ciertos personajes de la crónica lugareña que compensan su baja estatura con pretensiones mesiánicas y comportamiento imperiales. 

La fuerza de la religiosidad popular, y sucapacidad para paralizar o para movilizar. Desnuda los mecanismos de la sicología de masas.

Este imaginario de religiosidad popular, se puede sintetizar diciendo que, desde la periferia católica del imperio moscovita, vendría el Niño Divino cuya suerte y desgracia determinaría el destino de la Nación: “Honrad y respetad al Niño y nunca os faltará lo necesario«. Políticamente, el imaginario se traduciría en la necesidad de “restaurar al Niño”, al Zarevich asesinado y de restablecerlo en el poder. Es evidente la intención de  Aleksandr Serguéyevich Pushkin- el autor del drama- y de Modest Mussorgski- el compositor- de mostrar las relaciones que existen entre la religiosidad del Siglo XVII y el nudo del drama que se concreta en el asesinato del Zarévich, del Niño Hijo del Zar Iván, por mano de los Boyardos complotados con BORIS GODUNOV, entre ellos, y el Príncipe Shuisky que, en adelante, será el principal consejero y confidente del “Zar Herodes”. El relato del crimen y el atisbo del potencial político que reside en el imaginario de un” Zarévich Resucitado”, de un “Niño Divino”, copa la totalidad del dialogo cantado que se desarrolla en la celda del Monasterio entre Pimen y Gregorio, el seminarista que asumirá el papel del Redivivo y quien, al final de esta primera escena del Primer Acto, sintiéndose predestinado en sus sueños para restaurar el orden de las cosas, lanza la siguiente amenaza: “¡Boris, Boris! Todos tiemblan ante ti, nadie se atreve a mencionar siquiera el nombre del infortunado Niño. Sin embargo, en esta oscura celda un monje escribe una terrible denuncia contra ti.  ¡No escaparás al juicio de los hombres, ni al de Dios!” Antes el discípulo le ha inquirido al Maestro: “Padre, hace tiempo que quería preguntarte: ¿cuántos años tenía el Zarévich asesinado? El anciano monje le responde:” Tendría tu misma edad y hubiera reinado, pero Dios lo dispuso de otro modo. Con el pecado de Boris he de terminar mi crónica hermano Gregorio, has aprendido a leer y a escribir, en tus manos encomiendo mi trabajo (…) ya es hora de que yo descanseEsta ópera devela la fuerza de la religiosidad popular, su capacidad para paralizar o para movilizar. Desnuda los mecanismos de la sicología de masas que explican por qué un pueblo puede ser feliz en medio de la corrupción, la injusticia, la pobreza y el desastre y de cómo es capaz de levantarse, como un mar embravecido, para arrasar con todo a su paso. El fantasma del Niño Asesinado y milagrero hiela al regicida, lo lleva a la locura y a la muerte. En tanto, la capacidad de movilización política del “Niño Resucitado” queda retratada en la última escena en la que el Seminarista Gregorio, “El Falso Dimitri Ivanovich”, el Zarévich reencarnado entra con su ejército de polacos y es aclamado por el Pueblo exultante que le sigue al grito de “¡A Moscú”, encabezado por dos monjes renegados convertidos en agitadores! Se escucha la oración de los Jesuitas y, en la versión que nos brindó Peter Stein en 2010,  el Príncipe Shuisky, consciente de que “El Niño” ha muerto-no en vano él fue uno de los asesinos- y de que Dimitri es un impostor, ve pasar la procesión de cardenales, obispos y curas católicos entre los cuales Marina Mniszek cabalga, en un descuido imputable a la dirección de escena, al modo que en Rusia solo se impondría solamente a partir del reinado de Catalina II, “La Grande”, en 1762. Desde ese instante “El Príncipe Regicida” se apertrecha de la paciencia necesaria para derrocarlo, usando en su contra el favoritismo del usurpador por Polonia y por el Papa de Roma.  (Fotos de Internet). Bogotá Octubre de 2010. Nueva York Septiembre 25 de 2021

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Fabio Ortiz

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